Últimamente se habla por todas partes acerca de los derechos y la discriminación hacia las personas homosexuales y fue un tema en el que personalmente, no abría demasiado la boca, puesto que no tenía nada bien formado para decir.
A decir verdad, cuando era niña jamás me topé con esa idea que contradecía todo lo que me habían enseñado consciente o inconscientemente, ni en la calle, la televisión o las revistas, sino hasta que tuve más edad y me encontré con esta cosa nueva de la cual todos hablan, unos defienden y otros repudien.
Es pecado, se ve mal, es antinatural, son cosas que se escuchan a veces cuando el tema se pone sobre la mesa, pero ¿realmente quién está en lo correcto?
He conocido chicos y chicas con diferentes personalidades y diferentes formas de actuar frente a los demás, algunos que resaltan más que otros, los populares, los más dulces, los buena onda y los más introvertidos. Y un patrón que he notado es la nefasta exclusión a la diferencia. Por ser un chico, hablar de una forma menos brusca que los demás y juntarse con dos chicas- es un tipo raro.- Por ser chica, jugar fútbol a la hora del descanso y no maquillarse -esa tipa es extraña.-
Y desde ahí conocemos lo que se llama la discriminación, aunque no nos demos cuenta de ello, ya que discriminar no precisamente es intimidar o lastimar a alguien directamente o insultarlo. Es algo que se aprende y que hacemos en alguna parte de nuestra vida cuando no tenemos consciencia suficiente para identificar cuando estamos siendo un poco desconsiderados.
No digo que nunca me he alejado de alguien por el simple hecho de que mi grupo de amiguitos de primaria consideraban que era raro o rara. Pero el temor o la repulsión hacia algo que se escapa de lo que consideramos normal, se cura a medida de que nos detenemos a pensar y a considerar más cosas y no sólo lo que está en frente de nuestra nariz.
Cuando entré a la universidad conocí una variedad más grande de personas, más personalidades, más mundos dentro de cabezas y con ello tuve a mis primeros amigos de los que estaba consciente de su homosexualidad al momento de conocerlos. Algo normal, nuevas personas, nuevos amigos, bien. Ese tema que tanto llama a todos a dar una opinión ante el resto del mundo, seguía ahí, pero yo aún no estaba preparada para afrontarla.
No fue hasta tiempo después, que un amigo de la preparatoria me mencionó un gran secreto por partes en el que se incluía a una de mis mejores amigas.
“Es lesbiana” fue la última frase que dijo después de no haber captado bien sus indirectas en nuestra plática (o tal vez no quería captarlas) y yo me quedé con un sentimiento muy extraño, como si le hubieran cambiado el final a uno de mis libros o películas favoritas, o me acabara de enterar de que en mi acta de nacimiento está escrito otro nombre. No quería creerlo, y dentro de mi cabeza surgieron bastantes ideas que revoloteaban como burbujas que no podían estallar en ese instante.
“Ella no, por favor” me repetía a mí misma como si aquello fuera a cambiar lo que ya estaba hecho. Luego de un tiempo, me preguntaba exactamente por qué deseaba tanto que eso fuera una mentira. ¿A caso estaba actuando de forma discriminatoria? ¿Yo era una mala persona? ¿Voy a volver a verla de la misma manera? ¿Qué se supone que tengo qué decir o hacer?
Después de un tiempo, mi mejor amiga me pidió que nos viéramos, después de varios días sin contacto directo, por la interposición de la escuela y las nuevas ocupaciones iniciales de la universidad. Así que obviamente accedí con gusto, y con un montón de mariposas dentro de mi estómago, con la idea pendiente de saber si lo que me habían dicho era verdad. Pensando en que estaba a punto de conocer algo nuevo de esa chica con la que había compartido años de amistad, aventuras y secretos.
“Ella es mi novia” me decía mientras me mostraba la imagen en su teléfono celular y yo me quedé callada. Después de que me contara la historia, y me confiara los detalles de su proceso para darse cuenta de lo que ella era y sentía, descubrí que no estaba temiéndole a ella, sino a lo nuevo, a algo desconocido que no se había presentado en mi vida con una persona tan cercana sin haberlo sabido antes.
Supe que sus padres la habían echado de casa, y mientras platicamos me di cuenta de que ella también estaba teniéndome miedo. Miedo a mi desaprobación, a que le diera la espalda y la abandonara. Pero no fue así.
Pensé en cada una de las cosas que vivimos juntas, siguen ahí, en el pasado y en mis recuerdos y no han cambiado porque ya están hechas, ese apoyo que había recibido de ella y el apoyo que yo le había dado en nuestros años de secundaria y preparatoria ya estaban hechos, y ella era la misma persona de siempre, sólo que ahora ya sabía que le gustaban las chicas.
Pensé en lo fácil que es temerle a algo que no se conoce realmente, y en el efecto repulsión que se tiene cuando algo se sale del lugar donde se supone que debería estar.
Es muy fácil hablar sobre una situación en la que no estamos, juzgar, ver mal, o incluso cuando defendemos esa situación sin vivirla, no significa que la comprendamos al cien por ciento.
Lo que yo creo es que justo como acabo de decir, las personas homosexuales, siguen siendo personas, porque siguen teniendo temores, sueños, planes, responsabilidades y defectos.
Y si al principio no comprendemos aún acerca de ésto, podemos empezar con que ser homosexual es sólo una parte de la persona, así como a mí me parecería terrible que alguien dejara de hablarme sólo porque acaba de descubrir que mi cabello castaño es falso y en realidad soy rubia.
“Pero si mi cabello es sólo una parte de mí, ¿a caso las demás nunca importaron?”
Es casi imposible no haber discriminado alguna vez en alguna etapa de nuestra vida, y no significa que por ello seamos malas personas, lo realmente malo sería no darse cuenta de lo que hacemos y por qué realmente lo hacemos. Ver más allá, tener nuevas ideas, salir de nuestra zona de confort, dejar de mantenerlos en lo seguro y por ello darle la espalda a algo que al final, no era malo como parecía.

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